En vano la vieja trataba de explicar detalladamente disposición tan misteriosa; la madre no la oÃa y no cesaba de pedir que la acompañase junto a todas las pequeñas plantas, tentándolas y palpándolas con afán para percibir sus pulsaciones; hasta que después de haberlo verificado con millares de ellas, acabó por distinguir y reconocer los latidos del corazón de su hijo.
- El es, exclamó tendiendo la mano sobre un pequeño tallo de azafrán, doblado sobre si mismo y poco menos que mustio.
- Cuidado, no lo toques, dijo la vieja, y no te muevas de aquÃ. Cuando venga la Muerte, que no puede tardar, amenázala con arrancar todas las flores que crecen en torno y tendrá miedo, pues es responsable y ha de dar cuenta de ellas a Dios, no pudiendo arrancarse ninguna planta sin su previo consentimiento.
Al poco rato se dejó sentir una ráfaga de viento glacial y la madre adivinó la proximidad de la Muerte.
- ¿Cómo has hallado el camino de este sitio? Preguntó la Muerte. ¿Cómo te has compuesto para llegar hasta aquà antes que yo? ExplÃcate.
- Soy madre, contestó brevemente.
Y la Muerte extendió su mano larga y huesosa sobre el pequeño azafrán; pero la madre lo tenÃa estrechamente circuido con las dos suyas, al propio tiempo que ponÃa el mayor cuidado en no maltratar ninguno de los menudos y delicados pétalos. Entonces la Muerte tomó el partido de soplar sobre las manos de la madre, la cuál se las sintió caer desfallecidas, porque el aliento de la Muerte es más frÃo y helado que los vientos del más riguroso invierno.
- Tu nada puedes en contra mÃa, dijo la muerte.
- Dios puede más que tu, repuso la madre.
- Es cierto; pero yo cumplo sus mandatos, como un jardinero puesto a sus órdenes. Todas esas flores, todos esos árboles y matas cuando ya no pueden vivir en el invernadero, los transplanto a otros jardines y entre ellos el gracioso e inmenso paraÃso, comarcas desconocidas, en las cuales ni tu sabes lo que ocurre, ni puedo decÃrtelo.
- ¡Compasión! ¡Ay de mi! Gritó la madre. No me arrebates a mi hijo, ahora que he tenido la dicha de encontrarlo.
La suplicante madre gemÃa amargamente y la Muerte permanecÃa impasible, por lo que llevando aquella la mano sobre dos flores brillantes y magnÃficas dijo a la Muerte:
- Pues bien, ya que nada le dice la desesperación de una madre, yo arrancaré esas dos flores y haré lo mismo con las restantes, devastando todo este jardÃn.
- Detente, gritó la Muerte. Y tú, madre desgraciada, ¿no reparas en destrozar el corazón de otras madres?
- ¡Otras madres! Murmuró la pobre mujer apartando las manos de las flores.
- Toma, dijo la muerte: toma tus ojos; los he visto en el lago: brillaban con tanta dulzura, que no he podido menos que recogerlos. No sabÃa que fuesen los tuyos. Recóbralos y mira al fondo de ese pozo. Ahà verás lo que habrÃas destruido destruyendo esas flores. En los reflejos del agua verás la suerte reservada a cada una de esas flores y a tu hijo, si hubiese vivido.
La madre se inclinó sobre el brocal y vio pasar sucesivamente una serie de imágenes de buena suerte y alegrÃa formándolo risueños cuadros, seguidos de espantosas escenas de pesadumbre, desolación y miseria.
- Esas cosas, asà las unas como las otras son voluntad de Dios, dijo la muerte.
- Pero en lo que me acabas de enseñar, exclamó la madre llena de zozobra, no creo haber visto yo el destino de mi hijo.
- No te diré yo cual de ellos es, repuso la Muerte; pero te lo repito; entre todo lo que has visto está la suerte que a tu hijo le aguarda en el mundo.
La madre enloquecida hincó las rodillas exclamando:
- Por Dios, oye mis ruegos y respóndeme de una vez: ¿le estaba reservada a mi hijo la parte horrible de este espectáculo? DÃmelo sin rodeos, habla. ¿No quieres contestarme? ¡Oh! En la cruel incertidumbre en la que estoy sumida, será mejor que me lo arrebates antes de que corra el riesgo de sufrir tales desgracias. Le quiero más que a mi misma al hijo de mis entrañas; caigan pues sobre mi todas las desdichas. Llévalo en buen hora al reino de los cielos y olvÃdense mis lágrimas y mis súplicas, mis palabras y mis sacrificios.
- No te entiendo bien, dijo la Muerte; vamos a ver, ¿quieres, sà o no, recobrar a tu hijo, o prefieres que le conduzca a ese lugar desconocido de que no puedo hablarte?
La madre entonces juntando las manos, cayó de rodillas y dirigiéndose al Rey de los cielos exclamó:
- No me escuches, Dios mÃo, si desde el fondo del corazón reclamo contra su voluntad, que está siempre cifrada en lo mejor. ¡Oh! ¡No me escuches, no me atiendas!
E inclinando su cabeza sobre el pecho, caÃa abismada en la más terrible de las congojas, en tanto que la Muerte arrancaba el débil tallo de azafrán y volaba a transplantarlo al jardÃn desconocido.